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Historias de vida para reflexionar
Octavio un arriero paisa sin manos
A los 15 años perdió las dos manos cuando manipulaba cables de energía eléctrica.
Se recuperó y se empeñó en volver a trabajar en esta difícil labor de la arriería.
Hoy recorre los caminos acompañado de mulas y carga.
La falta de manos no le impidió a Octavio de Jesús Londoño Vélez
ejercer el oficio que más quiere y conoce: La arriería.
Esta labor la aprendió en su natal Titiribí, al lado de su padre, quien le
enseñó a manejar mulas y cargas, cuando apenas llegaba a los siete años.
Su segundo aprendizaje comenzó hace menos de 12 años, en Agosto de 1992, luego
de pasar 8 meses hospitalizado, casi todos en el San Vicente de Paúl en Medellín,
por un accidente con electricidad, que le hizo perder parte de sus dos brazos.
Octavio narra así su tragedia:
--Eso fue a comienzos de ese año, en Amagá. En una carretera había unas
primarias caídas y yo empecé a moverlas, pa'pasar con una carga que
llevavámos. Al principio no pasó nada, pero más adelante, al lado de los
cables de la luz había uno de teléfono, yo los cogí juntos y ahí si se me fue el mundo.
Octavio es un poco tímido para hablar, pero a medida que descarga la madera de las cinco
mulas en el Alto de san Miguel, municipio de la Unión "Departamento de Antioqia",
enseña parte lo que ha sido sus 27 años.
Son cerca de las doce del día y ya ha hecho tres viajes entre este sitio, a orillas de
la carretera que lleva a Sonsón, y " el monte de aquel filo" del que no sabe su
nombre, pero que está a una hora a lomo de mula desde aquí;".
Continúa diciendo Octavio:
--Las manos me quedaron calcinadas, como un carbón, por eso me las tuvieron que cortar",
dice mientras desata con habilidad una de las rastras y las recuesta sobre un barranco, a
orillas del camino, al lado de las otras.
Desde antes de las seis de la mañana ha estado en esa labor: cargar y descargar cinco
mulas, que lo acompañan por el camino empantanado y serpenteante que se pierde, por
momentos, entre la neblina y la vegetación.
Continúa historia de Octavio:
Cuando salí del hospital, volví al pueblo, decidido a seguir como arriero. Fue
muy difícil por que no es fácil volver a aprender este trabajo, sin las manos y porque, al principio, a la gente le daba
desconfianza darle trabajo a uno, no creían que uno fuera capaz de hacer nada.
Cubierto con una delgada camisa de algodón húmeda del sudor y la llovisna
ocacional, amarra las sogas sobre las enjalmas , antes de volver al filo por otra carga.
Sigue Octavio narrando su historia:
--Desde los siete años aprendí este trabajo, viendo como hacían los
demás, yo ya sabía como era, por eso tenía que volver a trabajar con ésto.
Toma las mulas de cabestro para obligarlas a emprender el camino arriba. Tras unos metros se
monta en una de ellas y explica como llegó a este municipio del oriente:
--Uno se mantiene andando por ahí y se queda donde resulte trabajo. Aquí llevo
seis meses, vamos a ver cuánto me quedo.
La anterior crónica fue tomada del periódico:
EL COLOMBIANO DE MEDELLIN
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